Veinte años desde aquella última vez, después ya se sabe, sobretodo la pérfida distancia, en menor medida nuevos intereses y nuevos vuelcos emocionales, el caso es que se fueron distanciando poco a poco, a los pocos meses desaparecieron las llamadas, después siguió una riada de mails cuyo caudal fue reduciéndose hasta acabar en un compromiso testimonial, y al final un cambio de correo, un descuido y la relación sin ninguna culpa premeditada por ninguna de las dos partes pasó al oscuro cuartillo de los momentos obsoletos.
Sin embargo, poco más de esa vieja mirada bastó para retornar rápidamente a ese lejano tercer año de carrera, en que él, un estudiante español apasionado de las humanidades ávido por ver mundo, y ella, una italiana enamorada de una idealizada España que se había rebelado contra la autoridad paterna para seguir su verdadera vocación, se encontraron. Cuando la mirada de ella cruzó la mesa en la que se encontraba él, poco tenían que decir, más allá de un diálogo con la propia memoria.
Seguramente recordarían el día en que se conocieron en la fiesta de cumpleaños de ese colega común del que apenas recordaban el nombre, ella de unos deseos camuflados en la más insolente indiferencia y en una risa impertérrita que no dejaba entrever nada - típico de las italianas del sur más profundo-, él, de la molesta y, paradójicamente, triunfadora recurrencia al pseudofolclore andaluz para llamar su atención. También recordarían la clandestinidad de la cual estaba impregnada tan inoportuna relación -a causa de terceras personas-, ambos, esa clase de vals que desencadenó la tormenta y liberó las más ocultas y desenfrenadas pasiones, él, esos ahogados susurros italianos que escapaban entre los dientes que se aferraban a la oreja, ella, las mayores, y más que justificadas obscenidades del castellano trepando entre su cuello y su nuca. Como ambos recordarían la huída del alma entre esos dedos que, conquistando los labios de ella, fallaban en su propósito de cerrar la vía de escape, entre agudos quejidos e intensas respiraciones sordas, o el cabecero de la cama desencajado, y qué decir de ese intercambio furtivo de mordiscos, babas, cabellos y fluidos, el recorrido por cada una de las autovías que hacían transitables cada una de las partes de sus cuerpos, las espaldas sucias después de haber barrido el suelo, esa pared blanca con la impronta de sus cuerpos sudorosos, su silueta transparente sobre la mesa de la cocina y tantas otras imágenes…
De forma que sin ni siquiera saludarse, como si se hubieran visto durante toda la vida -esa vida que pasaron separados-, quedaron para tomar un café de lo más correcto, o no, según se mire. Se acordó sin decirse nada que estaban prohibidas las preguntas sobre los lazos afectivos actuales, hablaron de aspiraciones personales, de ilusiones, de la Italia y de la España, y sobre todo de ellos mismos, de aquel pasado genial que compartieron, sin rencores, rencillas ni reproches, solo el juego de dos antiguos amantes que se morían por redescubrirse veinte años después, dos amantes que se separaron por las circunstancias pero que mientras compartieron sus vidas, sus pasiones, sus inquietudes y sus cuerpos, funcionaron a la perfección, en perfecta coordinación, en definitiva dos amantes que nunca habían dejado de serlo por mucho que hubiesen perdido el contacto o por mucho que estuvieran una década sin hablarse, dos amantes que quizás compartieron la experiencia personal más verdadera de sus vidas en ese año de Italia, tal y como lo demostraría la continuación de aquella tarde en la suite del Ritz, cuyo pulso sería el mismo que veinte año atrás gobernaba los encuentros clandestinos en el piso de él.
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