Desde esa lejanía que empieza a extender un velo opaco sobre gran cantidad de momentos apenas discernibles en esa farsa llamada tiempo, con decenas de ciudades colonizadas, con un largo inventario de nuevos paisajes que sin embargo apenas te consiguen sorprender, cientos de conocidos a tus espaldas, amigos y enemigos, indiferentes y neutros, dentro de una carcasa que no dentro de mucho emprenderá el ineludible camino de la decadencia.
Es entonces cuando te das cuenta de que no solo es sudor la sustancia que se evapora entre la verde hierba viva, de que tampoco es solo sudor aquello que se consume en esas cálidas sábanas sucias ni en esa almohada repleta de cabellos, de que no solo con sudor regamos el triste pavimento que nos sirve de alfombra. Y claro que no es solo sudor, somos nosotros mismos los que nos vamos desgastando proyectados por una implacable inercia apenas perceptible, pero dolorosamente continua a fin de cuentas. Somos nosotros los que nos dejamos la piel en cada esquina, en cada suceso, en cada experiencia, en cada aventura de la que tomamos parte, en cada par de muslos abiertos, en cada mordisco, en cada conquista, en cada retirada -digna o indigna-, en cada caricia, en cada pellizco, en cada camino recorrido o por recorrer, en cada instante, como un péndulo que en cada devenir se cobrara en carne, a través de una minúscula e inexorable guillotina, el tributo que debemos pagar por cada respiración.
También somos nosotros los que nos desangramos con cada uno de los navajazos que recibimos cada cierto tiempo de manos de los payasos de ese, aparentemente maravilloso, circo que decidimos llamar "vida", y que no solo nos obsequia, por lo general, con un dolor incomprensible sino que aparte nos marca con una infinita cicatriz más profunda que la de cualquier estocada clavada a fuego.
Y sin embargo, lo más triste de todo es que aun siendo nosotros los que nos desgastamos como las suelas de unos zapatos viejos, macabramente no somos nosotros los que sistemáticamente decidimos los lugares donde nos dejamos el pellejo, como tampoco seremos los que escribamos nuestra ¿propia? historia. Puesto que a fin de cuentas no somos más que un cúmulo de etiquetas, un trozo de carne con código de barras, denominación de origen y por supuesto fecha de caducidad.
¡Bienvenidos al circo!

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